todo son pulgas

Acababa de encender el último cigarro del paquete cuando llegó Julián con seis latas de las verdes. Siempre me han gustado más las verdes que las rojas, pero mi preferencia no se basa en ningún criterio empírico, porque estoy seguro de que no sabría distinguirlas si me dieran a probar un trago de cada una con los ojos vendados. Julián era el vigilante de los locales de ensayo y bastaba con mirarle un segundo para darte cuenta de que tenía problemas mentales serios, pero conmigo siempre se había portado de forma decente, así que le acepté una lata con gusto. A mitad de lata fue cuando me dijo que estaba pensando en matar a su madre. Eso fue un poco incómodo. Asentí, apuré la cerveza y le pedí otra.


Al llegar al bar me dijeron que no hacía falta que me cambiara. Resulta que emborracharme con los clientes no era un pago en especie ni agregaba al local una nota costumbrista de color después de todo.


Un par de días después fui a una entrevista para hacer de Papá Noel en un centro comercial. No me dieron el trabajo porque estaba demasiado flaco y era demasiado joven. Estaba claro que su decisión era firme, pero aun así les pregunté si todos los actores que hacen de asesinos en las películas han matado a alguien para preparar el papel. Ver balbucear a esa mujer compensó el viaje en metro de ida y vuelta aunque no me dieran el trabajo, pero no creo que fuera necesario pedir a los de seguridad que me acompañaran a la calle. 


En esa época yo salía con Mónica. La llamé y le pedí veinte euros para terminar de pasar la semana. Soltó un suspiro tan largo que creí que se estaba desinchando y me dijo que no podía hablar porque había quedado con Bosco del trabajo. Colgué el teléfono preguntándome quién diablos era Bosco del trabajo. La siguiente vez que hablamos me dejó por Bosco del trabajo; las mujeres siempre te dejan por tipos con nombres amenazantes como Bosco, nombres que llevan de serie una barba bien perfilada y conocer la diferencia entre granate y burdeos.


La Navidad se acercaba peligrosamente y ya me había resignado a pasarla a base de arroz blanco y sopa de sobre, pero me encontré con Quesadilla y me contó una idea infalible que había tenido para ganar algo de dinero. Cuando conocí a Quesadilla me dijo que se llamaba Pesadilla, pero yo no lo entendí. Estábamos en un after, los dos íbamos ciegos y la música estaba muy alta. Nos seguimos viendo y tardó bastante en darse cuenta de que le llamaba Quesadilla en lugar de Pesadilla. Pensé que se iba a enfadar, porque era evidente que ese nombre tan estúpido le provocaba algún tipo de orgullo en alguna parte, pero le hizo tanta gracia que me dejó seguir llamándole así. Me alegré, porque Quesadilla te podía arrancar la cabeza de una bofetada.

La idea de Quesadilla consistía en cortar los arbustos que hay en el parque debajo de su casa y venderlos en el mercado navideño de Plaza Mayor como si fueran bonsáis. No tenía nada que perder -y además de forma literal-, así que lo acompañé, cortamos bastantes arbustos y llenamos un cubo de playa de su sobrino con tierra para meterlos en unas macetas de cartón que no sé de dónde había sacado.

Me sentí un poco mal por estafar a las abuelas en ese mercado, pero casi todas llevaban abrigos de pieles, y con lo que sacamos pasé una Navidad decente, incluso me pude comprar un par de libros.


En enero nos echaron del local de ensayo y no volví a ver a Julián. Nunca supe si había terminado matando a su madre. Primero pensé que si la mataba me enteraría por los periódicos o los telediarios, pero luego pensé que hay tantos hijos de puta matando a sus madres por todos lados que quizá ya no sea ni noticia. 


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