insectos alados

La primera vez ocurrió por accidente, como casi todas las primeras veces. Regresaba del trabajo; las seis y noche cerrada. El niño estaba sentado en el escalón del portal. Habría querido ignorarlo, atravesarlo como si su pequeño cuerpo tuviera la densidad de algunos propósitos, pero se detuvo a un par de pasos mientras buscaba el manojo de llaves en el bolsillo del abrigo. El niño lloraba. Qué te pasa, se escuchó decir. No sé dónde vivo, contestó.


Los fuegos artificiales empezaron cuando lo miró a los ojos.


Hasta ese momento su vida había sido una cajita rellena de algodón. Una cortina de plomo lo había separado de todo cuanto le había ocurrido; los hechos se le acercaban con el desánimo de los movimientos bajo el agua y se posaban mansos sobre el suelo antes de rozarlo siquiera. Con los años y un poco de empeño había conseguido imitar aquello que a los demás parecía nacerles sin esfuerzo: soltaba golpes de voz breves y estiraba los labios mostrando los dientes cuando había que reír y fruncía la frente y doblaba la boca hacia abajo si tocaba estar triste. Nunca fue suficiente; los demás lo detectaban aunque no supieran identificar aquello que los incomodaba y tardaban poco en alejarse. Terminó entendiendo que esa nada interior se correspondía con la de afuera; hay vidas llenas de gente y otras son un descampado, y él vivía entre piedras y brotes de hinojo. 


Esquivó como pudo el fogonazo y clavó la vista en la acera. El niño se sorbió los mocos. Se preguntó qué harían los demás. Devolverlo a su casa. Y este crío quién será. Quizá lo había visto antes por el barrio, pero para él todos los niños eran la misma persona pequeña y molesta e intentaba mantenerse lo más alejado posible del ruido insoportable que producían a todas horas. Resolvió que lo más sensato era llamar al primero segunda y que la señora Juana se encargara. El niño se volvió mientras se alejaba de la mano de la mujer y los ojos se encontraron de nuevo. Ahí estaba otra vez ese chisporroteo, esos destellos de todos los colores y esa sensación como de estar lleno de algo caliente y vivo que nunca había sentido. Pegó su mirada a la del chaval mientras este seguía alejándose y notó que los colores y el enjambre de insectos se aflojaban con cada paso, y cuando doblaron la esquina y dejó de verlos fue como si alguien hubiera desconectado el cable.


Al día siguiente se encontró un perro atado a un árbol frente a un supermercado. Era un canino pequeño y viejo, de pelo duro, patas torcidas y dentadura intermitente. Miraba preocupado hacia el interior del comercio y emitía unos gemidos roncos muy desagradables. Esta vez las luces y el garrapateo aparecieron despacio, un poco más altos con cada paso que lo acercaba al animal, como si alguien los controlara con un potenciómetro. Se le ocurrió que si al acercarse los efectos aumentaban, tenía cierta lógica que al alejarse disminuyeran. Al dar un par de pasos atrás comprobó que, en efecto, así era como funcionaba. Estuvo acercándose y alejándose del perro, registrando cómo la distancia lo modulaba por dentro, hasta que la dueña del animal, una anciana de las de pañuelo en la cabeza y plato de sopa por noche, salió del supermercado y se lo quedó mirando con cara de policía.


No tardó en amaestrar su hallazgo del mismo modo que había aprendido a mover los músculos de su cara según la emoción reinante: olvidó el qué y el por qué y se centró en el cómo. Descubrió también que, a medida que domesticaba ese don tan extraño, necesitaba llenarse de colores e insectos alados con más frecuencia.


Los primeros meses subsistió como pudo a partir de las angustias fortuitas con las que topaba durante los largos paseos en espiral que emprendía todas las tardes. Una forma muy efectiva de alargar esas meriendas era interactuar con el propietario del sentimiento: si un niño se había perdido, se ofrecía voluntario para encontrarlo e intentaba pasar el mayor tiempo posible al lado de la madre; si le habían robado el bolso o la cartera a alguien, acompañaba a la víctima hasta la comisaría más cercana con el paso más lento que pudiera permitirse.


Una mañana, mientras leía el periódico en la oficina, tuvo una revelación de las que golpean como martillo: tenía delante de los ojos todo el dolor que la ciudad podía brindarle.


Ese momento separaba sus recuerdos a izquierda y derecha cuando miraba atrás en la historia de su don.


Los sábados despertaba pronto, se ponía el traje oscuro y cogía el autobús hasta el tanatorio, el periódico doblado bajo el brazo con las esquelas estudiadas a conciencia. Pasaba el día entero allí. No había un lugar mejor en el mundo; centenares de penas le esperaban repartidas en las pequeñas habitaciones, envueltas en una luz tenue y agradable y rodeadas de flores. Allí aprendió a apreciar las diferencias que distinguían un dolor de otro; no era lo mismo el pesar resignado del anciano que había perdido a su compañera de vida que el desconsuelo inabarcable de los padres que no volverían a ver a su hijo. Se dio cuenta pronto de que nadie pregunta en los velatorios y, si se sentía aventurero, acompañaba a la comitiva al cementerio y permanecía en un discreto segundo plano, el ceño fruncido, la boca doblada hacia abajo y asintiendo con gravedad, mientras se daba sepultura al muerto.


Los atracones del tanatorio solían saciarlo de un sábado a otro, pero a veces, a mitad de semana, necesitaba un bocado que lo dejara sano y salvo al otro lado. Tuvo la brillante idea de inscribirse como voluntario en algunas asociaciones y empezó a participar de sus actividades: un miércoles se juntaba con los vecinos de un barrio para intentar detener un desahucio y a la semana siguiente repartía comida entre quien lo había perdido todo o casi. 


Alguna vez había entrado de forma subrepticia en la habitación de un hospital donde alguien esperaba a la muerte; le gustaba el dolor pálido de quien se mece en una marea química, pero dejó de hacerlo tras un atardecer en el que un médico lo había sorprendido con el rostro apoyado en el pecho de una mujer que vivía sus últimas horas. Demasiado peligroso.


La primera vez que la vio lo sacudió un relámpago y se escuchó pensar que quería pasar los días que le quedaran a su lado. Vaya, se dijo, y ahora esto qué diablos es. Ella salía de la clínica veterinaria situada a sus espaldas, donde se acababa de despedir de Juancito, un gato romano de veintiún años con el que había compartido cama y sofá desde sus años de universidad. 

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