Obituario

Supe que habías muerto recién bajado del autobús, en la playa, con la mochila aún colgada del hombro. Tu hermana estaba sentada en una de las mesas con alguien. Mi cabeza ya andaba algo turbia por los tragos de bienvenida, pero no me costó reconocerla y me acerqué silbando como un colegial el primer día de verano.

    Su cara cambió al escuchar tu nombre. No entiendo que nadie te lo haya contado, me dijo. Vengo poco, le dije.

Lo irónico de todo esto es que yo llevaba días pensando que tengo una edad en que la gente que se me va a empezar a morir ya no es vieja. Pronto se empezarán a ir algunos de los que están a mitad de camino, como yo, pensaba, y en esa playa me esperaba tu ausencia para darme la razón.

    Tu hermana me dijo que fue rápido, que casi no te dio tiempo a sufrir, que supiste que te ibas desde el principio. Menudo consuelo de mierda, pensé, mis dientes apretados unos contra otros.
    
    Me senté a su lado y hablamos de ti.

   Le conté muchas cosas, pero no le conté lo que te llegué a querer en el instituto, del mismo modo que tampoco te lo dije a ti; en esos años habría preferido que me desollaran.
    
   Yo era un niñato que había sobrevivido por los pelos a su primer curso de secundaria y tú estabas de vuelta de todo. 

    El recurso es tan manido, tan cliché, que he estado a punto de no escribirlo, pero nada merece quien no agradece y lo cierto es que nos presentó Cortázar; escribir es rendirse.

    Te llamó la atención mi ejemplar arrugado de Rayuela. Lo había ganado junto a otros libros en un concurso de relatos y siempre lucía alguno como luce un general sus medallas. En esos días Rayuela era mi favorito y me acompañaba a todas partes.

  Tuviste que repetirme tu nombre. A día de hoy ese nombre sigue siendo solo tuyo. Soy argentina, me dijiste entre la explicación y la disculpa. En esos años y en ese pueblo diminuto una argentina era como una selenita y mi cara de asombro fue la misma que si me hubieras confesado que tenías el platillo volante aparcado en la calle.

No le conté a tu hermana que me dejaste una cinta extrañísima en la que habías grabado tus canciones favoritas. Estaban Blackbird, de los Beatles; Winter, de Tori Amos y Russians, de Sting. En esa época de distorsiones y alaridos yo no habría admitido que escuchaba a Sting, pero en casa la ponía sin descanso. Me la pediste de vuelta mil veces y me inventé mil excusas. Terminó perdiéndose en una de las mudanzas o en uno de los naufragios, pero la tuve conmigo hasta mucho después de que cada uno siguiera su camino.

    No le conté a tu hermana que una mañana me comentaste de pasada que te gustaba cómo me había cortado las uñas. ¡Las uñas! Eras así; yo salía a varios estallidos de cabeza por día.

    ¿Sabes? Cuando me dijiste eso y cuando te reías de mí y cuando me mirabas sin decir nada y la boca se te abría despacio hasta enseñarme esa sonrisa pequeña y torcida tan tuya, yo a veces pensaba que quizá también te gustaba un poco, pero pasaba rápido; no recuerdo los años que me llevabas ni los cursos que habías repetido, pero esa distancia nunca dejó de ser insalvable.

    Tampoco le conté a tu hermana que, muchos años después del instituto, Carlos me confesó que os habíais encontrado por Barcelona y habíais terminado en su cama, y que, aun tanto tiempo después, noté el azufre de los celos en la boca y en la tripa, y que grité de alivio por dentro cuando me confió avergonzado que el polvo había sido un desastre por su culpa; ni le conté que el primer año en esa ciudad solía preguntar por ti si me cruzaba con alguien del pueblo en alguna borrachera; ni le conté que me acuerdo de ti de forma automática cada vez que escucho cualquiera de las tres canciones anteriores; ni le conté las veces que me corrí con tu cara grapada al cerebro y la polla en la mano; ni le conté que he pensado en ti al menos una vez cada regreso todos estos años que nos han caído encima como un alud y que a ti no te han dejado asomar la cabeza de nuevo.

    No le conté nada de lo que acabo de vomitar, pero tu hermana de algún modo lo supo, porque al despedirnos me agarró la mano y me dijo, antes de besarme en la mejilla, que le hacía ilusión que te recordara con tanto cariño.

  Ojalá tú leyendo esto ahora y riéndote de mí como solías hacer, con esa risa que se te derramaba de la boca a golpes y se expandía hasta llenar el aula. 

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