Ser justo

Una mano me sacude, me regresa, abro los ojos. Tardo un poco en aterrizar por completo, pero la realidad termina imponiéndose como por pisos: “estabas dormido en el sofá hasta este momento, la casa está en silencio, quién le habrá abierto la puerta, esta mañana has enterrado a tu padre”.


Está de pie frente a mi. No sonríe y se lo agradezco; no me caben más sonrisas condescendientes y es probable que le parta la boca al dueño de la siguiente que asome.


Demos una vuelta, dice. No lo pregunta. Hay suavidad en la forma que da a las palabras, pero también firmeza, pienso en la espuma que recubre los andamios para que los transeúntes despistados no se abran la cabeza con ellos.


Me incorporo hasta quedar sentado. Qué hace aquí, sigo, no somos tan amigos; de todos los rostros cercanos, este no es el que esperaba ver junto a mi siesta de huérfano. Sin embargo, por primera vez desde que llegué, agradezco la compañía.


Salgamos a la calle, insiste. Me pongo de pie.


Afuera todo es ruido de cigarras. Cómo estás, pregunta. Su voz se quiebra en la última sílaba y diría que se arrepiente de haber preguntado. Todos andan de puntillas a mi alrededor y no los culpo. 


Cómo estoy. No lo sé. He intentado por todos los medios no enterarme de cómo estoy, no tener la más mínima idea, cerrar los ojos y seguir andando. 


Veamos. 


Llegué hace dos días sin haber dormido; la noticia de la muerte de mi padre me sorprendió regresando de uno de mis viajes a lomos de lo que tuviera más a mano y solo me quedó tiempo para meter una muda limpia y un libro en la mochila. 


Tres horas de tren con la primera gnosienne en bucle en los oídos. Aún no lo sé, pero tardaré años en poder volver a escucharla y cuando lo haga los pedazos querrán romperse de nuevo.


No he dormido hasta hace un rato, ¿sabes? Hasta esta siesta en la que me has encontrado. La primera noche, todos aquellos a los que importo algo estaban en esta casa frente a la que esperas mi respuesta y agradecí su esfuerzo por obviar mi estado lamentable. Ronda de anécdotas, ronda de lágrimas, ronda de abrazos y a esperar a que se hiciera de día para que todo volviera a empezar. En un punto de esa noche me bebí una de las botellas caras de mi padre mano a mano con mi hermana, una de esas que siempre eran mejores que la ocasión, te reto a que encuentres un momento más propicio.


La segunda noche me la he tirado follando. De todas las formas que conozco para mantener callada a mi cabeza he escogido esa. He llegado a esta casa frente a la que seguimos en silencio con el tiempo justo para darme una ducha, vestirme con el único traje que tengo y volar hacia la iglesia. 


De lo ocurrido allí prefiero no dar cuenta, si no te importa.


Así que no sé qué contestarte, porque la respuesta a tu pregunta de mierda es lo que llevo evitando desde que llegué y hasta ahora no me ha salido mal de todo y prefiero que siga así.


-Perdona, no tendría que haber preguntado. 

-No importa, es normal. Estoy jodido, no hay mucho más que explicar. 

-No, claro. ¿Quieres bajar hasta la riera?

-¿Habrá agua con este calor?

-Podemos ir a verlo.

-Vale.    


 Hoy alguien hablaba de lo mucho que le gusta la gente que llega de forma inesperada y he pensado en esa tarde, porque ese paseo hasta la riera fue el primer rato de tregua en esos tres días y, a pesar de que él ahora es familia, nunca se lo he dicho.


Escribir es también ser justo.

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