Nocturno automático

Echo de menos algo que no tiene nombre. No está y es suficiente con reseguir los bordes neón de su ausencia para darle forma. Una palabra escogida al azar no lo definiría mejor.


Me enredo a menudo en bancales de carne líquida. Decirlo y no decirlo, escoger las palabras que no lo digan. Las palabras son amigas y son condena. Escribir es a veces no decirlo. Esconderlo.


Un cadáver exquisito siempre fue algo hecho a medias, algo hecho sin saber qué se hacía, algo bello y destinado al fracaso. Honremos la memoria de Tzara, Arp, Breton y los demás, que en mi cabeza siguen ciegos de cocaína en el Cabaret Voltaire.


Esto está por empezar y los colmillos buscan su forma antigua y en algún lugar hay miedo.


Escucho cohetes a lo lejos, en algún otro lugar es fiesta.


Las hormigas han trepado hasta alcanzar también este plano, ninguna vertical las asusta. Dalí tenía algo con las hormigas. Leí en sus diarios que el día que más bella le pareció Gala fue una vez que contemplaban juntos un incendio desde un barco en Nápoles. Las llamas llegaban hasta el mar y lo teñían de color amatista. Pienso que debería hacer algo con las hormigas y después me pregunto por qué las hormigas deben marcharse de un sitio en el que había hormigas antes de que estuviera yo. 


Nada se salva de la descomposición y está bien que sea así.


Colecciono telas de araña. Las limpio con un trapo y zumo de limón y las tiendo al sol con pinzas de madera, después las regreso a sus dueñas, que me esperan frotándose los ojos con las patas mientras anticipan una mosca jugosa.


Ojalá una cerveza hecha de veinte primeros tragos. Ojalá las pupilas como platos de postre y la piel con el gránulo de cuando te está por estallar el pecho. Ojalá la mañana mirando. Ojalá partirte en dos. 


Mi cabeza como un racimo de ruido blanco. Las ideas retorciéndose como larvas en un ojo muerto, como ojos muertos en un cubo, como cubos llenos de flores cortadas en la acera, al lado de la gitana que las vende a las puertas del cementerio.


Mi hijo ha dejado aquí su bicicleta antes de volver a su casa; un recordatorio más de lo que ocurre cuando no miro.

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