Correr cuando llueve

Correr apaga el ruido, detiene mi cabeza y es algo que necesito.


Correr cuando llueve me la estalla y también es algo que necesito.


No tengo ropa de correr, esos disfraces como de superhéroe con los que la gente va al supermercado, recoge a los niños en el colegio y hace todo lo que no es correr. No he pisado un Decathlon en mi vida. Tengo un par de zapatillas, tres pantalones cortos y veinte camisetas con el logotipo de una banda de música. Salgo a la calle y corro.


Nunca sé cuánto voy a correr, ni lo rápido que voy a ir; cuando los pulmones amenazan con hacer saltar por los aires mi caja torácica me detengo y calculo lo cerca que estoy del infarto.


Diría que escapo de algo si hubiera algo de lo que escapar, pero a estas alturas quiero a todos mis fantasmas como se quiere al amigo que siempre habla demasiado alto.


Me ha costado entenderlo, pero si ellos no son, yo tampoco.


Correr cuando llueve es hacerlo por el reverso de la vida. Todo debería estar mal y sin embargo no. Te mojas y siempre te han dicho que te resguardes de la lluvia, pero es divertido; no hay nadie y es raro, porque siempre hay alguien en cualquier parte, pero es mejor así, se nos olvida demasiadas veces que no hace falta compartirlo todo con quien mira; deberías tener frío, pero el frío te espera en otro lugar.


Algunas veces, como esta tarde, salgo al otro lado del bosque y aparece un conejo y me sorprende que no saque un reloj del bolsillo del chaleco y lo señale negando con la cabeza.


He pensado que podría escribir sobre esto cuando el título me ha golpeado mientras corría. He pensado que, a pesar de que no sea un tema demasiado nada, quizá podría encontrar un par de imágenes que valieran la pena; a fin de cuentas escribir es buscar y creer que has encontrado y correr es algo parecido.


Correr cuando llueve también es pararte a acariciar a un perro aunque llegues tarde a algún lugar.


Correr cuando llueve también es ser sincero aunque cueste.

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