Una ventana

Para mi siguiente truco debo explicar que vivo en una casa baja, con ventanas a la calle, en una calle donde las casas bajas con ventanas a la calle se suceden unas a otras como postes en una valla.

Son casas humildes, viejas, pequeñas, baratas. Una vez vivieron labriegos en ellas cuando el alquitrán solo era una amenaza colgada detrás de las nubes y mi calle una colina.

Exterior. Noche. Desciendo la cuesta que me ha de llevar hasta la boca del metro. El día no ha empezado aún. La cafeína enciende mis neuronas una a una, despacio, en un desfile de bengalas.

La calle está a oscuras. Las farolas apenas consiguen iluminar el cuadrado de acera sobre el que se yerguen. A una manzana de mí una ventana deja escapar un halo de luz blanca. Es la primera, la de los chicos. En la segunda vive un gato.

Todos las noches, cuando regreso a casa, divido el camino en casillas de un juego de tablero y salto de una a otra hasta que me dejan en mi puerta. La ventana del gato es la penúltima, la de los chicos la última.

Ahora recorro el camino a la inversa.

En esa ventana vive una pareja joven. Los chicos. Cuando regreso a casa ellos hace rato que han entrado en la suya. Paso por delante y les veo. La cortina, blanca, siempre echada pero fina como papel de fumar. A estas alturas conozco la estancia tan bien como mi salón: un sofá desvencijado en primer término, junto a la ventana. Un viejo televisor frente a él, una cocina al fondo, contra la pared más alejada.

Paso y les veo, cada noche. Cenan, hablan. Ven televisión.

Hoy es demasiado pronto para cualquiera de esas cosas.

Al llegar a la ventana la luz me llama como a una polilla. Miro. La cortina, como cada vez, es solo un velo de novia. Ella está doblada hacia adelante, el pecho encima del mesado de la cocina, las manos agarrando los bordes. Lleva una camiseta negra de tiras y una falda estampada en blancos y negros, subida hasta las caderas. Él la embiste desde atrás, sus manos en los hombros de ella, el torso desnudo. Las espaldas se arquean con cada golpe. No veo sus rostros.

La visión dura un segundo, el tiempo justo que tardo en pasar por delante, en seguir mi camino sin detenerme, pero me turba, deja una huella profunda en esa parte de la cabeza donde se acomoda lo oscuro. Diría que es la primera vez que veo follar a alguien desde fuera, sin que yo esté involucrado de algún modo en la acción.

Me incomoda y me atrae a partes iguales.

Así es como lo recuerdo. Puede que no todo estuviera allí. El cerebro odia los espacios en blanco y tiende a rellenarlos hasta conseguir una historia. Quizá ocurriera eso. Quizá la falda no estuviera subida hasta las caderas, quizá no hubiera falda, quizá el torso de él no estuviera desnudo.

Qué mas da; si así es como lo recuerdo así es como ocurrió.

Entro en el vagón de metro con la impresión de sus cuerpos aún en mis retinas. Seguirá ahí por unos días. Sigue ahí ahora.

Desde esa mañana que aún no lo era hasta este momento les he visto cada noche al regresar a mi casa. Tumbados en el sofá, hablando codo con codo mientras compartían un cigarrillo, riendo alguna vez.

Solo que ahora todo es distinto. Ellos no, ellos siguen a lo suyo, ignoran que les veo reír y cenar del mismo modo que ignoran que les vi follar esa mañana.

El que ha cambiado soy yo.

Comentarios