También enmendar errores

Debajo del apartamento donde crecí, en el segundo piso, vivía un profesor de piano. Cada vez que pasaba por delante de su puerta, de camino a la panadería o al bar a comprar tabaco para mis padres, oía las notas que sus dedos, o los de sus alumnos, lanzaban al aire. Llegaban a mí amortiguadas por una gruesa puerta de madera, envueltas en un aura de misterio, de secreto no revelado.

Tenía siete años cuando me atreví a llamar al timbre de esa puerta. Quería aprender a tocar el piano, quería ser como esos chicos que bajaban muertos de risa las escaleras de mi edificio cada tarde. Mi vecino –Martí, se llamaba, o se llamará aún– nos dijo que era pronto, que solo aceptaba a niños de ocho o nueve años, porque a esa edad ya habían aprendido las fracciones en la escuela.

El día que cumplí ocho años volví a llamar al timbre. Aún no tenía ni idea de qué eran las fracciones, pero me importaba poco; él había dicho ocho o nueve y yo tenía ocho. Martí, supongo que por no darme un segundo disgusto, cumplió con su palabra.

Mi primera clase fue un lunes a las seis de la tarde. Aparecí en casa de mi vecino armado con un bloc pentagrafiado, dos lápices Staedler del número dos, una goma Milán verde y los libros que él me había apuntado en un papel.

Aprendí qué eran las fracciones en esa casa. Mi vecino, cargado de paciencia, me enseñó con el solfeo, mucho antes de que llegara a ellas en la escuela. Las fracciones son indispensables en la música; el compás, lo que organiza todo lo que suena, es una fracción: 2/4, 3/4, 4/4, 6/8. Etcétera.

A Martí le encantaba decir, con una pompa algo ridícula, que la música es la matemática aplicada al arte.

Estudié las primeras lecciones –curso preliminar, lo llamaba mi vecino– con un teclado Yamaha bastante simple que me compraron mis padres. Supongo que esperaban a ver si lo mío con la música iba en serio. Cuando empecé primero el teclado se me quedó corto.

Era un lunes de invierno, las nueve de la noche. Yo cumplía diez años esa semana. Estuve en casa de mi vecino hasta esa hora –ya estaba en el turno de los medianos– y al terminar subí la veintena de escalones que separaban su piso del mío y metí mi llave en la cerradura. La sopa ya estaba en la mesa, saludé y me senté a cenar. Dos pares de ojos me miraban estupefactos cuando levanté la vista del plato. ¿Qué pasa? Pregunté. ¿Será posible que no lo hayas visto? Respondieron mis padres muertos de risa. Entonces volví la cabeza y lo vi. Un precioso Pearl River negro reposaba contra la pared más cercana a la mesa. Un piano. Mi piano.

He pensado en él muchas veces. Abandonado dentro de esa casa que ahora pertenece a un banco, en la otra punta del país. Me gusta creer que sigue allí, desafinado, las teclas oscurecidas por el tiempo, a la espera de que alguien lo descubra y se pregunte por su historia. Ese piano y un cachorro llamado Ruski fueron los dos regalos más importantes de mi infancia. De mi vida. Con los años descubrí que mis padres tuvieron que pedir cien mil pesetas a mis abuelos para poder comprarlo.

A las lecciones preliminares les siguieron el Beyer, el Wird y el Czerny. Y el Shostakóvich. Y el Bartók. Cómo me gustaba el Bartók, sonaba a película de terror. El artículo odioso antes de los nombres ilustres obedece a que les llamábamos así, hablábamos de los libros, como si esas piezas no tuvieran autor. También las escalas y los arpegios. La armonía. Primero, segundo, tercero, cuarto y quinto de solfeo. Las fichas de teoría. Los dictados a una mano al principio, después a dos. Una vez al año, en verano, mi vecino nos llevaba en su coche a examinarnos al conservatorio, a treinta kilómetros de nuestro pueblo. Yo era de los que aprobaba siempre.

Hasta que dejé de ser un niño. O tan niño. Hasta que cambié los pantalones de pana por los vaqueros, las camisas con animalitos estampados por las camisetas, las zapatillas Paredes por las Doctor Martens, los polvos de talco por las cuchillas de afeitar de mi padre. Hasta que descubrí que era más divertido pasar la tarde fumando porros con mis compañeros de instituto que practicando arpegios, que era más fácil follar berreando temas de Nirvana con un bajo colgado del hombro que tocando sonatinas de Köhler.

Me acostumbré a no dar golpe durante el invierno y la primavera para machacarme un mes antes del examen. Lo que habían sido matrículas eran ahora aprobados justos. También suspendí alguna vez. Mi vecino subía a mi casa para decirles a mis padres que no había oído el piano en toda la semana, que en los cursos en los que estaba mi nuevo sistema de estudio dejaría de funcionar pronto.

Tenía razón. Suspendí sexto en junio y en setiembre y, al empezar de nuevo en octubre, Martí me dijo que no me quería más en clase. Que igual yo no estaba hecho para el conservatorio, que explorara otras posibilidades. Blues quizá, otros instrumentos. En ese momento no me importó. Es más, fue un alivio. Tenía diecisiete años y una banda de rock. Sabía todo lo que hay que saber. Pronto me iría a estudiar a Barcelona, a encontrarme con el resto de mi vida, y no me podía permitir perder un segundo lamentándome por un estúpido piano con sus estúpidos Granados, Albéniz, Mendehlsson y Liszt.

Muchos años después, cuando el Pearl River ya se había perdido de forma irremisible detrás de todo lo que ocurrió, alguien con quien compartí un pedazo grande de vida me regaló un piano eléctrico. Lo toqué de forma esporádica hasta que, en una de las muchas mudanzas, el pedal de resonancia se estropeó. No lo volví a tocar. Me ha acompañado de casa en casa durante los diez años que separan ese momento de este, pero siempre con la tapa bajada. Su función ha sido la de soportar torres de libros mientras acumulaba polvo y sus esquinas se descascarillaban.

Alguna de las muchas veces que no tuve un duro pensé en venderlo.

Hasta hace exactamente siete días. No sé de dónde vino el impulso. El lunes por la tarde, sin saber muy bien qué hacía, desmonté la pedalera y arreglé el pedal de resonancia. Después saqué un libro de partituras de Ludovico Einaudi que no recordaba haber comprado y me puse a tocar I Giorni. Es una pieza muy sencilla, pero muy bella. Como lo son algunos reencuentros.

Desde el lunes he tocado un rato cada día. He pensado, incluso, en buscar un profesor aquí cuando tenga algo más de tiempo, uno que no sea mi vecino para que no me riña si no me oye estudiar. Aunque es probable que no lo haga, en el fondo me gusta hacer casi todo solo. También enmendar errores. Sobre todo errores tan viejos como este.

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