Sueño

Hay noches que cuando intuyo el alba detrás de las persianas me tiro de la cama con una tormenta en la cabeza y alambre en los músculos. Cafetera, ducha y cafetera, y el día empieza mucho antes de que se le pueda llamar así.

Otras, harto de rodar por el colchón, abro el cajón de la mesita y echo mano del alijo de benzodiacepinas, presentado en distintas formas y colores, que he ido acumulando con la laboriosidad de la hormiga en verano, como las novias en blanco y negro amontonaban el ajuar junto a su tocador. Esas noches desaparezco del mundo con el aguijón de la derrota clavado en la conciencia y la certeza de que al día siguiente llegaré tarde a todo.

La mayoría de noches encadeno un ritual con otro hasta que gano por agotamiento. Suelo amanecer en el sofá, el televisor encendido o el libro sobre la cara, envuelto en un concierto de alarmas distribuidas de forma estratégica por el salón. Tres horas es el mínimo necesario para esperar cierta funcionalidad al día siguiente. Con cuatro soy el de siempre.

Hace muchos años, cuando todo mi cabello era negro, un psicólogo me dijo que mi insomnio estaba relacionado con el miedo a morir. Qué quieres que te diga, Teno, por un lado siempre me pareció una analogía demasiado trillada, por otro, perdiste toda la credibilidad cuando te largaste a Argentina con el dinero que habías conseguido estafar a la mitad de tus pacientes.

No haber tenido nunca un pavo a veces cobra visos de bendición.

Pero yo no quería hablar de esto.

Soñé que era un niño y soñaba, y alcancé el recuerdo de ese sueño a la mañana siguiente a través de ese juego onírico de matrioshkas. Quizá gracias a que con el metasueño, como en las películas que hablan de cine, conseguí engañar a mi cerebro para que tuviera un poco de paciencia esa vez.

El sueño que soñé mientras soñaba no tuvo nada de especial. Estaba de nuevo en el colegio, un sitio al que no querría volver por tantas razones que no sabría cuál desempolvar primero.

En cualquier caso, ese sueño sin importancia trajo consigo el recuerdo de EL SUEÑO.

Y era de eso de lo que quería hablar esta noche.

Mañana de reyes. Salgo de la cama, corro por el pasillo hasta el salón. Cuando llego me encuentro a mi madre y a mi hermana sentadas alrededor de la mesa. Ni rastro de mi padre. Mi hermana lleva puesto su pijama rosa, mi madre su bata de boatiné a cuadros azules y blancos. Las dos lloran. Un breve vistazo a las dos montañas de regalos intactas junto al televisor. No entiendo nada. ¿Qué pasa? Pregunto. Mi madre señala hacia el balcón. Pegada al cristal, desde fuera, golpeándolo con sus puños, está mi madre, llorando, con su bata de boatiné a cuadros azules y blancos. Mis ojos saltan de Madre1 a Madre2. Las dos me dicen que haga algo, que ella es la buena, que la mala es la otra.

Soñé ese sueño durante toda mi infancia. A veces se presentaba cada noche durante un par de semanas, otras aparecía una vez y no volvía hasta que casi había conseguido olvidarlo. En cada ocasión desperté de forma abrupta, sin saber cómo terminaba, con el corazón desbocado y amarado en sudor. Se fue del mismo modo que había llegado, más o menos en la misma época que una sombra de bigote oscureció el espacio entre mi nariz y mi labio.

No recuerdo habérselo contado nunca a nadie a quien no estuviera pagando por escucharme.

Lo que encontré entre sus pliegues pertenece al reino de lo que no se puede atrapar con palabras.

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