Salchicha

Esta semana he traído a Salchicha a vivir conmigo. Salchicha, Salchi, es el pez de mi hijo. La foto no está tocada, así es como luce. Quizá el naranja sea un poco más vivo. Los ojos son esos.

Salchicha tiene ya un año y medio, intuyo que es bastante para un tipo como él. Más lo que hubiera vivido antes de que lo compráramos esa tarde que pasamos en un centro comercial haciendo lo que todos hacemos en esos sitios: refugiarnos en la versión más anestesiada de nosotros mismos.

Nos salió bastante bien.

Salchicha vive solo en un acuario de veinte litros y por mucho que el pobre bastardo tenga el nombre más divertido que jamás haya lucido una mascota, gentileza de mi hijo, su existencia es deprimente. No sé si lo es para él, para mí sí.

Por las noches le miro. A veces se queda quieto, suspendido en el agua, cerca de la superficie, y me pregunto si se habrá quedado dormido. Nunca cierra los ojos. También me pregunto cuánto tardarán en pasar esos veinte litros por sus agallas.

Cómo de pequeño tiene que ser tu mundo para que puedas decir cada cierto tiempo que lo has respirado por completo.

Comprar a salchicha fue una mala idea. Comprar un animal lo es siempre. Tener a un animal metido dentro de algo no es solo una mala idea, también es cruel. Por mucho que mi ex sostenga, avalada por unos conocimientos que no me atrevo a poner en duda desde mi ignorancia sobre el tema, que él no es consciente de nada de lo que estoy exponiendo aquí.

Cuando le trajimos le pregunté a mi ex si no podía conseguirle al menos un compañero. Con el tamaño que tiene el acuario no es recomendable, dijo, además, remató, él no sabe que está solo.

Yo no lo tengo tan claro, pero ojalá sea verdad.

Cuando mi hijo se queda a dormir la vida a la que hemos condenado al pobre Salchicha me hace sentir un poco menos culpable; lo primero que hace cuando llega es asomarse a ver el pez y echarle un poco de comida por el agujero que hay en la tapa del acuario.

Mi hijo, a su manera, quiere al maldito pescado. Y ese amor, el flechazo que le hizo amorrarse al escaparate de la tienda y mirarnos con una ilusión que consiguió doblegar nuestros principios y hacernos salir de ese sitio horrible con Salchicha metido en una bolsa de plástico y su nuevo hogar bajo el brazo, ese amor extraño, mantiene al pobre bicho encerrado en un cubo de veinticinco por veinticinco.

Habladme de relaciones tóxicas.

Si no se queda suspendido en el agua como si la gravedad no fuera con él, Salchicha nada incansable. Sube, baja, va de lado a lado, con esa cara de estar viéndolo todo por primera vez aunque el paisaje sea el mismo que el segundo anterior, y que el anterior, y que el anterior a ese.

En realidad, pienso cuando le miro, mi existencia y la suya no son tan distintas si ignoro el cinismo encerrado en esa afirmación; yo también transito cada día por las mismas situaciones, todo se parece. Al igual que él, tomo cien decisiones todos los días que no me llevarán a ningún lado, tengo cien ideas que no saldrán de las cuatro paredes que me resguardan.

Lo que me salva a mí es la posibilidad.

La promesa que grita el predicador de western de televisión autonómica.

Las baratijas que chocan unas con otras en la carreta del buhonero recién llegado a Macondo.

La zanahoria atada al palo.

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