Pollo

Pollo me odiaba.

Llevaba un año viviendo con su dueña y a lo máximo que podía aspirar era a que él saliera de la habitación en cuanto entrara yo.

Nunca me miraba.

Si yo le llamaba, volvía la cabeza hacia el lado contrario.

Si me acercaba demasiado, me enseñaba los colmillos.

En un par de ocasiones quiso dejarme atrapado en el baño, interponiéndose entre la puerta y yo, el lomo erizado.

Porque esa es otra: pollo era enorme. No era solo que estaba gordo, que también; era el puto André el Gigante de los gatos. Una vez vino un fontanero a casa, un tipo del este muy simpático. Le invité a un café antes de que empezara con lo que fuera que hubiera venido a hacer. Estábamos en la cocina, hablando de nada en particular, cuando Pollo decidió venir a ver qué estaba pasando. El fontanero silbó: ¿come personas? Es el gato de mi chica, respondí, ella dice que no, pero yo no lo tengo tan claro. Los dos reímos. Pollo decidió que éramos un par de humanos idiotas, como todos los demás menos su dueña, por otro lado, y se fue.

Pollo y mi chica se adoraban. Ella lo había adoptado en primero de carrera y no se habían separado ni un solo día desde entonces. Con ella era otro gato. Se acercaba a la puerta cuando la oía llegar, dormía casi cada noche entre sus piernas, le dedicaba cabezazos y ronroneos cuando mirábamos una película.

Por eso era tan importante para mí que el maldito gato me aceptara. Lo había intentado todo, pero ni los pedazos de atún, ni los nuggets del McDonald´s –su comida favorita–, ni el catnip habían funcionado.

Pollo me odiaba.

Hasta que ocurrió.

Vivíamos en un séptimo con terraza. El piso contiguo era de otra pareja joven. Ambas terrazas estaban separadas por un murete de ladrillo no demasiado alto. Tenían un Shar Pei con el que alguna vez me había entretenido jugando al coincidir con ellos en la calle.

Yo estaba solo en casa. No había visto a Pollo en toda la mañana, algo que –como podéis imaginar– era lo habitual, pero el plato de pienso estaba intacto. Eso ya era más extraño. Pollo vivía para comer. Si era yo el que le llenaba el plato esperaba a que me marchara de las inmediaciones antes de abalanzarse sobre las bolitas, pero comía igual. Esa mañana no. Le busqué por todo el piso, no estaba en ninguno de sus escondites habituales.

Al entrar en la habitación vi que la puerta de la terraza estaba abierta. No recordaba haber salido a la terraza esa mañana. Era verano. ¿Podía ser que la puerta se hubiera quedado abierta desde el día anterior? Subí la persiana y salí. Tampoco.

No sé qué me llevó a asomarme por encima del murete, supongo que las ganas de eliminar la peor posibilidad de todas. Allí estaba el bastardo, podando las plantas de los vecinos a mordiscos. Le llamé polluno, como hacía su dueña, hice bsbsbsbsbsbs, recé para que me hiciera caso por una vez y volviera a nuestra terraza. En cuanto me vio decidió entrar en la casa para perderme de vista.

El perro.

Mierda.

Martilleé el timbre de los vecinos hasta que me abrieron. Descalzo, en pijama. El Shar Pei me vino a saludar moviendo el rabo, ajeno a la tragedia, buena señal. Les expliqué qué ocurría, me permitieron subir al piso de arriba a buscar a Pollo. ¿Podéis encerrar al perro? No hace nada, le encantan los gatos. No lo digo por él, contesté mientras subía a la habitación.

La situación ya no parecía hacerle tanta gracia. Supongo que al entrar había olido al perro y el miedo atávico había hecho acto de presencia: pollo me miraba encogido en un rincón de la estancia. Me arrodillé delante de él y –para sorpresa de los dos, estoy seguro– trepó por mi pijama y me dejó rodearle con los brazos. Vámonos a casa, pedazo de cabrón, le dije.

Solo que los vecinos no habían encerrado al perro. En cuanto nos vio bajar vino al galope y se puso a dos patas, su hocico buscando a Pollo.

Los gatos tienen un rasgo conductual característico llamado agresividad redirigida: si algo les da miedo, arremeten contra lo que más cerca tengan que no sea eso.

Lo que Pollo tenía más a mano era yo.

Ocurrió en un segundo. Solo recuerdo el día oscureciéndose de golpe y como si me hubieran pegado un puñetazo fuerte. Me han dado los suficientes como para reconocer ese tipo de impacto.

Lo siguiente está bastante borroso. Dolor, ladridos, gritos, Pollo chocando contra las paredes. No sé cómo lo conseguimos, pero pude atraparle y volvimos los dos a casa.

Me quité la camiseta frente al espejo: un hematoma se estaba empezando a formar en mi pómulo, mi labio y mi nariz sangraban, al igual que tres arañazos en mi pecho, finos como si los hubieran marcado a bisturí.

Le mandé una foto a mi chica diciéndole que había tenido un pequeño accidente, que estaba bien. Pensó que me habían atracado.

Creí que, tras lo ocurrido, Pollo y yo jamás seríamos amigos. Una noche, después de cenar, subió al sofá, pasó por encima de mi chica, me dio un cabezazo y se tumbó en mi pecho. Desde entonces fuimos inseparables. Tanto que, a medida que se fue haciendo viejo y llegaron los primeros avisos de la enfermedad, me dejaba darle las distintas pastillas e incluso pincharle la insulina.

Han pasado unos siete años desde esa mañana y las tres cicatrices, delgadas como tela de araña, quizá un poco más pálidas por el tiempo transcurrido, siguen en mi pecho. Ojalá no se borren nunca.

Hoy es sábado. Pollo murió hace cinco días. El lunes pasado me llamó mi ex, mi chica hace unos cuantos párrafos, para que fuera y me quedara con nuestro hijo mientras ella se lo llevaba a la clínica. Había llegado el momento. Sabíamos que estaba cerca, pero no pensé que tanto. Me lo encontré debajo de una silla. Llevaba un día allí, sin moverse, sin tocar el agua y la comida que le habían acercado.

Mi hijo y yo le dimos un beso cada uno y le dijimos adiós. Ambos llorábamos. En cuanto Pollo y su dueña hubieron salido por la puerta nos tumbamos en el sofá y le expliqué que era bueno estar triste, que significaba que queríamos mucho a quien se iba, que la muerte es un asco, pero hay que aceptarla cuando llega porque forma parte de la vida, y que yo me sentía mejor cuando recordaba las cosas divertidas que me habían pasado con quien ya no estaba.

Siempre subía a la mesa para robarme la comida del plato, contestó mi hijo.

Comentarios