Pequeño inventario

En el edificio de al lado vive Concha. Su belleza, dudosa cuando era joven, es ahora un dogma de fe, una causa perdida. Vive con su madre, una mujer muy mayor. Muchos días la veo bajar del taxi con paso inseguro. Embutida en unas mallas oscuras, los pies sufriendo atrapados en unos viejos zapatos de tacón, los mirada turbia escondida tras unas gafas de sol. Me saluda con su voz picada de óxido mientras se pone un abrigo de piel ajado. Yo imagino que fue puta toda la vida y que hoy conserva dos o tres buenos clientes de otras décadas, un juez, un militar, quizá incluso un antiguo ministro. La llaman una vez por semana, toman café con ella y, cuando Concha abandona la mesa para ir un momento al baño, le deslizan un sobre dentro del bolso con lo que pueda necesitar.

Debajo del piso de Concha hay un restaurante en cuyas paredes reposan mil caras conocidas que alguna vez pasaron por allí. Futbolistas, actores, cantantes y políticos sonríen con la barriga llena y las mejillas inundadas de color. Cuando entras, un hombre te da la mano, recoge los abrigos con gracia y se los confía a un camarero. Piropea a la chica con lo que él cree que es elegancia sin parar de sonreír, te busca la mejor mesa y te acomoda posando su vista una última vez sobre del escote o el culo de la chica. Pelo canoso peinado a la moda de hace treinta años, mirada y gesto de mal actor de cine negro, altura de peso mosca, voz profunda y rugosa de fumador de ducados, acento y humor tan castizo como un chotis por San Isidro. Después le ves traer y llevar platos con la frente perlada de sudor y te das cuenta de que lleva la misma chaqueta blanca que el camarero al que antes le dio tu abrigo. Con el tiempo aprendes que es el hermano del dueño e imaginas que, tras años dando vueltas por diques secos y clubes de carretera, volvió a casa tragándose el orgullo y aceptó el trabajo de camarero. De mala gana al principio, mejor en cuanto descubrió lo bien que sienta ser el jefe por un minuto cada vez que se abre la puerta.

En la otra esquina estaba el bar de Jacinto, un abuelo de barriga criada con cariño y nariz de patata. Ya no. Se jubiló hace unos meses y lo traspasó a alguien que tiró todo lo que había dentro para poder empezar de nuevo. A veces me encuentro con él, siempre ofreciéndole el brazo a su mujer, vestidos los dos de domingo, y me cuenta que ahora disfruta de la vida, que ya no le duele la espalda, que tiene tiempo para todo, que va a la playa, al cine, incluso a bailar alguna vez. Desde el fondo de sus ojos me saluda la añoranza de esos días pasados de cabo a rabo detrás de la barra, calentando raciones de callos y tirando cañas, sin otro sol que un fluorescente lleno de polvo colgado del techo amarillento.

Encima del que era el bar de Jacinto vive el hombre malcarado. Bajito, pasicorto, lustrosa mata de pelo negro rematando la cabeza, traje y corbata comprados en El corte inglés, maletín de piel en una mano, muchas veces gritándole a un móvil que agarra con la otra como si le quisiera exprimir la batería. Pese a su mal gusto para los trajes y las corbatas, siempre pensé que se trataba de un ejecutivo de la vieja escuela, un yuppie que sobrevivió a los ochenta sin volverse loco ni quedarse en un infarto, maestro del Ibex35, conocedor de las más altas esferas. Hasta que le vi bajar de un seat ibiza cubierto por adhesivos publicitarios de leche Pascual.

Enfrente del hombre malcarado viven los maestros. Él enseña en un instituto, fuma como un carretero, es del betis y conoció los calabozos de Sol durante el franquismo. Luce un bigote frondoso, herencia de cuando el presidente del gobierno usaba americana de pana, y gafas de pasta negra y cristales gruesos. Ella sigue siendo bella y cuando habla sus palabras parecen acariciarte. No ha olvidado la caída de ojos que tantas veces debió ensayar ante el espejo y, coqueta, a veces aún la practica. Debió tener muchos pretendientes, pero se quedó con el único que la hacía reír. Cada sábado van al teatro. Su perra, Quica, de raza indefinida y pequeña como un ratón, jamás suelta la pelota de tenis que sujeta en la boca.

No muy lejos vive Mercedes. Cuenta que cuando era pequeña Picasso le daba la papilla después de sentarla en su regazo y que, años después, cuando vivía en el De Efe, Serrat le enseño a hacer un cóctel a base de tequila y caldo de ternera. Vive con un negrazo mucho más joven, grande como un camión y dueño de la sonrisa más llena de dientes del barrio, al que ella ha aprendido a perdonar los deslices que a veces tiene con otras mujeres. Trabaja porque quiere, porque si no se aburriría. Si se aburre de trabajar viaja, casi siempre sola. Cuando aparece el miedo, echa mano de esas pastillas encerradas en su santa cajita de plata y nácar y el día recupera su amabilidad.

A mi alrededor y alrededor de todos ellos, un millón de historias esperan a que alguien las encuentre.

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