Otro tipo de abismos

El hombre embutido dentro de un smoking, sesenta y tantos, barriga, barba de intelectual progresista, pajarita alrededor del cuello y novia de treinta colgada del codo, me mira con los ojos muy abiertos y a mí se me antoja muy complicado explicarle quién coño son The Dead Weather, un grupo que empezó a ensayar en Nashville poco después de que él se divorciara de su primera mujer. Mientras espera mi respuesta, el tipo da otra calada de su cigarro de puta. Su novia arruga la nariz.

El tema de The Dead Weather termina en seco y deja paso al primer acorde, afilado como la navaja de un barbero, de London Calling. Al tipo ya le da igual qué estaba sonando antes. Por fin terreno conocido, piensa. Esta vez la balanza se inclina de su lado. Él pisó el Londres que la voz rota de Strummer describe en la canción, yo solo lo he podido imaginar. Sacude la cabeza al ritmo de la canción, con una sonrisa triunfal debajo de la nariz varicosa, como diciéndome “y ahora qué”, y soy capaz de encontrar en el fondo de sus ojos los gramos de cocaína que han remontado la pendiente adversa de sus fosas nasales, los tratos sellados con un apretón de manos y un trago de Chivas, las veces que decepcionó a sus dos ex esposas, los ceros que, a través de los años, se han ido acumulando a la derecha de la cifra que importa en sus distintas cuentas corrientes.

Él advierte otro tipo de abismos en el negro de mis pupilas.

Strummer nos cuenta que la ciudad se ahoga y este curioso encuentro se desvanece del mismo modo que se materializó; sin ningún motivo para ello. Él es el primero en darse la vuelta, balanceándose como una gaviota posada en una ola, feliz de sentir que encaja. Como si su ridículo smoking se hubiera convertido de repente en unos vaqueros gastados y la típica camiseta negra con la portada del Unknown Pleasures estampada en el pecho. Yo me llevo el vaso a la boca y también le doy la espalda. Simón baila a mi derecha con una chica a la que no había visto antes.

Ese instante, en el que los dos nos hemos olido el culo como perros en un parque y nos hemos reconocido, sigue flotando detrás de mis ojos.

En veinte años a partir de este momento yo también vestiré un smoking cortado a medida para celebrar los cumpleaños de mis amigos, tomaré viagra cuando lo necesite, tendré una casa en la Costa Brava y un ático en Pintor Rosales, fumaré cigarros de puta y escribiré artículos de opinión en El País.

En veinte años a partir de este momento estaré a punto de publicar, después de muchos sinsabores, mi primera novela. Será en una editorial pequeña, casi desconocida, pero verla en los estantes de Tipos Infames me provocará un orgasmo tan intenso como el primero. Seguiré viviendo de alquiler y a veces no sabré cómo pagarlo.

En veinte años a partir de este momento tendré un trabajo anodino que cubra todas mis necesidades y recordaré, con un pinchazo en el amor propio, mi anhelo de ser escritor como la locura bohemia que no pudo ser. Algunas noches, cuando todos duerman, encenderé el ordenador convencido de que todavía conservo el toque. Mandaré relatos a concursos organizados por el ayuntamiento de ciudades en las que nunca he estado, de los que nunca obtendré respuesta.

En veinte años a partir de este momento llevaré diez dentro del ataúd más barato que la funeraria le pueda ofrecer a mi ex o a mi hermana. La carne de mis mejillas se habrá convertido en polvo, pero mi pelo y mis uñas seguirán creciendo. Como el de Strummer, como el de mi padre, mi corazón dirá basta en algún punto todavía por determinar y me iré al suelo con los dos dedos medios extendidos.

En cualquier caso, menos en el último por razones obvias, recordaré estos tiempos frustrantes de matar el tiempo escribiendo cosas que nadie lee, de oler las oportunidades de los demás por las esquinas, de saludar al sol con los ojos inyectados en sangre, de leer en el sofá tapado con una manta por el frío, de follar sin condón sobre sábanas desteñidas, de, en definitiva, negarme a aceptar la derrota mientras no cante la señora gorda, como una de las épocas más felices de esta broma pesada que nos empeñamos en llamar vida.

Comentarios