Niño #1

Cuando terminó la ceremonia todos se dirigieron a ca los padres de la novia, pues a los Paniagua correspondía el dudoso privilegio del convite. Comieron apretados como garbanzos en su saca. El plato estrella fueron cuatro pollos que Padre había matado y desplumado el día antes y que Madre hizo en pepitoria.

Los invitados apartaron las mesas como pudieron cuando de los pollos ya solo quedaban las carcasas y allí se quedaron hasta bien entrada la noche. Los hombres cantaron las canciones que habían aprendido en el frente y algunas hicieron que las mujeres bajaran la vista avergonzadas. Bailaron pasodobles, bebieron tinto y orujo y gritaron vivas y lores cada vez que les vino en gana.

Jacinta, que a partir de esa noche viviría en Alpedroches con sus suegros, agarró a su hermano por el cuello y se lo llevó al baño. Tu regalo ha sido el más bonito de todos, le dijo, y le plantó un beso enorme en la mejilla, seguido de un abrazo trenzado con todas las tardes de verano que habían pasado en esa aldea de la que estaba a punto de marcharse.

Con todos los juegos, las risas, los secretos, las ranas de la charca, los bailes en la plaza, las hojas de morera que habían arrancado de las ramas para alimentar a sus gusanos de seda.

Con todos los enfados del abuelo, las collejas de Padre, los suspiros de Madre, las noches que habían pasado pegados a la radio escuchando el parte, el silbido furioso de las bombas partiendo el cielo en dos.

Con todos los cuentos narrados cerca del hogar, las guerras de agua alrededor de la fuente, los viajes a por huevos a la granja de los Piperos, los baños en el río, las luciérnagas encerradas en los tarros de hacer mermelada.

Un abrazo hecho de todos y cada uno de los segundos que habían pasado juntos.

Te echaré de menos, contestó Ángel notando que los lagrimones ya le apretaban los ojos por detrás.

Despedidos los invitados, la mesa recogida, los vasos, platos y cubiertos fregados, el abuelo Paniagua acostado y los novios encaminados hacia su primera noche compartida, Ángel descubrió, a la difícil edad de nueve años y medio, lo espesa que puede llegar a ser la soledad.

El camastro, donde tantas veces intuyó con su hermana la salida del sol detrás de las paredes, había multiplicado su superficie hasta que sus bordes ya no se pudieron distinguir del horizonte, y la oscuridad de la estancia, tantas veces escondite aliado de mil confidencias, ahora le daba la espalda, empujándole contra el colchón de muelles desvencijados que se reían al menor movimiento.

Ángel se sintió solo por primera vez en la inmensidad de ese desierto sin formas. Si bien es cierto que su vida incipiente nunca había estado demasiado concurrida, esa soledad a medias de a diario no resistía la comparación con la soledad del náufrago en el océano, con la de la mosca en la telaraña, con la que trae bien cogido de la mano al miedo que atenaza el estómago.

Comentarios