Martes

Es extraño pensar que no volveré a acordarme de este martes. 


Cada uno de los mil cuatrocientos cuarenta minutos que despido ahora traía algo dentro, un destello que se ha apagado mientras se encendía el siguiente; luces en una pista de aterrizaje. 


Los días se amontonan como sacos de arena esperando una riada, del mismo modo lo hacen algunas noches las horas sin dormir, y su carga pierde la forma cuando dejo de mirarla.


Escribir es intentar fijar las formas.


A estas horas da un poco igual lo que haya hecho, por defecto o por exceso viene a visitarme una melancolía exuberante, un engrudo perfumado que no sé muy bien de dónde sale. Llega, me dicta palabras como estas que estoy escribiendo, se queda un rato y se va. Como todas las cosas.


Nada permanece y está bien que sea así.


He abierto los ojos sobresaltado, como cada mañana, por el sonido estridente del despertador rojo que compré en los chinos; he regado mis plantas -dos margaritas nuevas se levantaban insolentes-;  he maldecido la lluvia, aunque es una de las cosas que más me gustan; he hecho algo que no debía, pero que sabía bien; he repartido la ternura a lo largo del día para cuando la pudiera necesitar; he suspirado ante el pecho bellísimo de una mujer; he perdido las gafas, las he encontrado y las he vuelto a perder; me han ignorado de forma educada y sutil -yo he intentado algo parecido a mi vez, con mucha menos destreza-; me he reído como si fueran a prohibirlo mañana; me han preguntado si estoy bien, normal, he contestado, cazando al vuelo el plato antes de que estallara contra el suelo; el gato que ya no vive conmigo ha pasado su lengua de lija por mi barba y se ha tumbado junto a mí en el sofá desde el que contemplé el final de mi vida anterior; he conducido por una carretera desierta y sin luces; con toda probabilidad me correré antes de quedarme dormido.


Las obsesiones de siempre y un par que no estaban la última vez que miré, que han entrado sin llamar y no parece que las esperen en ningún lado, la sensación de querer rascarme la cabeza por dentro.


No estoy mal, no suelo estarlo; es solo que algunas veces no sé qué hacer con todo lo que se acumula en mi pecho.


No hay nada que no haya hecho antes y sin embargo todo empieza de nuevo al día siguiente.


Todas estas impresiones en mis retinas y en mi vientre se desvanecerán como cuando la sangre vuelve a su sitio por debajo de la piel después de un arañazo.


Y que así sea.


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