Lo que ya no existe

¿Se regresa a lo que ya no existe? El adverbio es importante aquí, porque sin él lo que no existe no lo habría hecho nunca, y es imposible regresar a lo que no ha sido. La pregunta quedaría invalidada desde su formulación; muerta al nacer.

La primera condición para regresar a algo es que haya existido alguna vez.

Supongamos que existió y ya no para el beneficio de la propia pregunta. Supongamos que era y dejó de ser cuando no estabas, cuando mirabas hacia otro lado. Siempre me ha parecido muy descortés por parte por la vida que continuara en los sitios de los que me marché, que no me esperara como espera la madre al hijo en el frente; que ella supiera de antemano –y yo no– que yo no era el protagonista de esa historia.

La segunda condición para regresar a algo es haberte marchado.

Establecidas la condiciones: ¿se regresa a lo que ya no existe? Esta pregunta, que podría pasar por un koan –la palmada con una sola mano, el ruido que hace el árbol cuando cae si no hay nadie para escucharlo– tiene una respuesta doble, y sus dos ramificaciones son antagónicas. Caín y Abel hechos palabra.

(Aquí nos podríamos entretener en determinar si Caín y Abel son personajes antagónicos. Según Léopold Szondi, Psiquiatra y psicoanalista húngaro que lleva muerto casi el mismo tiempo que yo vivo, es absurdo considerar a Caín, Abel y lo que representan como pulsiones antagónicas, puesto que en realidad son complementarias y deben coexistir en equilibro; Eros, Thánatos y el último billete de veinte euros en tu bolsillo. Pero. Al menos desde un punto de vista literario lo son: qué mayor oposición al protagonista de su propia historia que matarle).

(En realidad, lo único que me interesa de la historia de Caín y Abel sería poder preguntarle a ese dios qué tenían de malo los frutos que le ofreció Caín y que decidió rechazar, qué le costaba decirle: “tío, tus bayas molan tanto como la puta grasa de oveja que me ha ofrecido tu hermano, os lo habéis currado los dos, sentémonos los tres en esta nube y fumemos juntos esta mierda, que esto no lo tenéis allá abajo).

(Desvarío)

La lógica dice que no puedes regresar a lo que ya no existe, pero la experiencia se empeña en que es a lo único que puedes regresar.

Dos años sin volver al pueblo fueron demasiados. Tanto que he tardado un mes en poder escribir de ello.

Regresé a lo que me esperaba allí, pero nada de lo que allí me esperaba era lo que había sido. No me entretendré en los cuerpos anónimos y el alcohol, ya he gastado ese espacio con los hermanos bíblicos. Litus y su piso con hongos en el baño siguen estando, pero esta vez había una novia de veintiún años dentro. Ana y Albert continúan allí, pero con un hijo más que la última vez que conté las cabezas de esa casa. Xavi y sus drogas siguen compartiendo esa buhardilla llena de pianos, pero ahora sale a correr cada mañana. Me dijeron que mi abuela seguía viva, pero su piso ya no es su piso y ahora vive en una residencia. No lo pude comprobar, cosas de la pandemia. No escondo que me ahorré algo que no me apetecía demasiado.

Sin embargo, mis padres continuaban igual de muertos que siempre y la que fue su casa pertenecía al mismo banco. Ni me molesté en visitar la casa o las dos tumbas, cada una en un cementerio distinto. Para qué; las tumbas y la casa forman parte de lo que sigue existiendo, ellos y mi hogar de lo que no.

Al final, a lo único que puedes regresar es a lo que ya no existe, porque el vacío que ocupa su lugar es mucho más fiable que la sustancia de aquello a lo que se le ha permitido seguir siendo. Es una simple cuestión de estabilidad.

Al final, lo que ya no es es lo único que te espera, la única parte del río en la que te podrás bañar las veces que quieras, porque sus aguas seguirán siendo las mismas.

Por cierto, el honor de la cita se lo lleva Heráclito, pero fue Platón, en una de sus celebradas pajas mentales, quien acuñó la metáfora para la posteridad. A Heráclito el río se la traía floja, él solo quería hablar de almas.

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