El origen del mundo

Alguien pintó, cerca de donde vivía antes, en uno de esos carteles abandonados en los solares que suelen anunciar el comienzo de una obra, una versión del cuadro de Courbet llamado El origen del mundo.

Courbet es un tipo que me cae bien. Amigo de Baudelaire y Proudhon, adicto a escandalizar a las mentes pacatas de la época, alcohólico, contrario al academicismo insulso del neoclasicismo y a la afectación impostada de los románticos y, en sus propias palabras, “partidario de cualquier revolución”. Delacroix decía de él que era una lástima que un pintor tan dotado malgastara su talento en temas poco elevados y detalles superfluos. Me imagino a Courbet escupiendo en su absenta cuando Delacroix no mirara, pero esta es otra historia; acabo de empezar y ya me fui a otro lado.


Seguro que esto no es como yo lo cuento, y estoy convencido de que me llevaría menos de diez segundos encontrar la verdad en Google, pero hoy –ahora– no me interesa. Hoy va de otra cosa.

No sucedió así, pero para mí la pintura en el cartel apareció de repente el pasado mes de abril, poco antes de que decidiera dar la vuelta a mi vida y apretar para ver si salía algo, como se hace con la botella de ketchup que lleva meses olvidada en la nevera cuando se terminan los sobres del McDonald’s.

Fue en los peores días de La Primera Ola. Los muertos se iban en cifras de tres dígitos a diario. Teníamos miedo. Andábamos como si nos hubieran extirpado de nuestra vida y nos hubieran soltado en la de otro; como si a nuestra madre le hubieran encontrado una metástasis el día anterior.

En mi caso, además, contemplaba desde el andén, junto a la persona con la que había compartido los ocho últimos años, como nuestra vida en común descarrilaba a cámara lenta, con el añadido de que en ella iba montado un niño. La culpa dolía al respirar.

Cuando no podía más salía de la casa en la que ya no vivo con una bolsa de rafia del Ahorramás en la mano y una lista de la compra inventada en el bolsillo –ridículo y tierno salvoconducto– y me metía en el coche que ya no tengo con el único propósito de no estar.

La descubrí así, dando vueltas sin destino por las calles vaciadas cercanas al epicentro del terremoto que se estaba formando. La primera vez no me atreví a salir del coche, como si el conjuro de la bolsa de rafia y la lista de la compra no me pudiera proteger si ponía un pie en la calle desierta. Como si el virus –o la policía– me estuviera esperando, preparado para morderme en cuanto me pusiera a su alcance.

Duró poco. Me acostumbre pronto a salir del coche, sentarme en la acera, frente al cartel, y fumarme un cigarrillo que no habría querido que se gastara nunca sin dejar de mirarlo, antes de regresar a esa casa que se me caía encima por tantos motivos.

Hoy he vuelto a pasar por delante después de muchos meses sin hacerlo; vivo en otro sitio y los acontecimientos se han ido amontonando sin orden encima de esos días como un sarcófago de hormigón, sepultando todo lo que contenían. El cartel, los cigarrillos fumados a sus pies y la rabia que teñía todo de rojo entre ello.

Esta mañana tropecé con una de las fotos que le saqué con mi teléfono y quise ver si seguía allí. No me conformé con fumarme un cigarrillo sentado en la acera. Trepé por el margen embarrado que separa el campo yermo donde se ubica de un colegio cercano y me senté debajo. Descubrí dos cosas.


El vello púbico son hormigas. De cerca, el vientre es tierra y el pelo insectos. El cuerpo es un paisaje. Imposible no pensar en Duchamp, Dalí y el resto de surrealistas. Imposible no sentir que, de cerca, hay algo oscuro encerrado en la pintura, algo que se adivina pero no se deja atrapar. La noche empezaba a caernos encima cuando las he descubierto, el marco ideal para que lo que se esconde tras la primera impresión asome los colmillos unos segundos.


Detrás, una inscripción en griego que alguien cercano ha tenido la bondad de traducirme: “te quiero, buenos días, Ioanna”. No creo posible decirle algo a alguien que contenga más luz que esa frase. Quiero pensar que lo escribió quien pintó el anverso, que el autor encargó a las hormigas que trepan por el pubis de tierra, arañándolo con sus patas articuladas, invadiendo sus pliegues, oscureciendo la carne, la custodia de esas palabras tan simples como bellas. Te quiero, buenos días, Ioanna. Quiero pensar que el mensaje llegó a quien debía.

A veces uno cree que la historia ya está contada y se da de bruces con el epílogo, aunque sea tan pequeño como este.

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