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Obituario

Supe que habías muerto recién bajado del autobús, en la playa, con la mochila aún colgada del hombro. Tu hermana estaba sentada en una de las mesas con alguien. Mi cabeza ya andaba algo turbia por los tragos de bienvenida, pero no me costó reconocerla y me acerqué silbando como un colegial el primer día de verano.      Su cara cambió al escuchar tu nombre. No entiendo que nadie te lo haya contado, me dijo. Vengo poco, le dije. Lo irónico de todo esto es que yo llevaba días pensando que tengo una edad en que la gente que se me va a empezar a morir ya no es vieja. Pronto se empezarán a ir algunos de los que están a mitad de camino, como yo, pensaba, y en esa playa me esperaba tu ausencia para darme la razón.      Tu hermana me dijo que fue rápido, que casi no te dio tiempo a sufrir, que supiste que te ibas desde el principio. Menudo consuelo de mierda, pensé, mis dientes apretados unos contra otros.           Me senté a su lado y hablamos de ti.    Le conté muchas cosas, pero no le conté

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