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todo son pulgas

Acababa de encender el último cigarro del paquete cuando llegó Julián con seis latas de las verdes. Siempre me han gustado más las verdes que las rojas, pero mi preferencia no se basa en ningún criterio empírico, porque estoy seguro de que no sabría distinguirlas si me dieran a probar un trago de cada una con los ojos vendados. Julián era el vigilante de los locales de ensayo y bastaba con mirarle un segundo para darte cuenta de que tenía problemas mentales serios, pero conmigo siempre se había portado de forma decente, así que le acepté una lata con gusto. A mitad de lata fue cuando me dijo que estaba pensando en matar a su madre. Eso fue un poco incómodo. Asentí, apuré la cerveza y le pedí otra. Al llegar al bar me dijeron que no hacía falta que me cambiara. Resulta que emborracharme con los clientes no era un pago en especie ni agregaba al local una nota costumbrista de color después de todo. Un par de días después fui a una entrevista para hacer de Papá Noel en un centro comercial.

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